Existen lugares que no aparecen en Google Maps ni en Waze, lugares que provocarían una crisis existencial en el GPS de cualquier vehículo.
Y, sin embargo, como un Gengar escondido en la sombra, insisten en existir.

Tal vez hayas llegado aquí por un error de ruta.
O tal vez el azar no sea más que un eufemismo con pretensiones para fuerzas que, a diferencia de la burocracia británica, prefieren no rellenar formularios,
no responder correos electrónicos y eludir responsabilidades más rápido de lo que el Manchester United huye de la cima de la tabla en un día de crisis.

Algo se está cocinando aquí.
Y no, no es Ratatouille.

Hablamos de historias mal contadas, errores más antiguos que los secretos de Hogwarts, rutas de escape diseñadas para esquivar a prestamistas
y verdades que tardaron tanto en madurar que casi acabaron convirtiéndose en otra adaptación cinematográfica de Stephen King.

No fue por falta de advertencias.
Fue por un exceso de silencio, ese silencio tan específico que precede al “omae wa mou shindeiru” de un anime de combate.

Lo que viene a continuación no es una invitación al té de la tarde en la Comarca, ni un anuncio de Stark Industries.
Es una advertencia tardía, de esas que solo cobran sentido cuando el monstruo ya ha salido del armario y descubres que tu única arma es un paraguas roto.

Si deseas ser el primero en saber cuándo el silencio se rompa por fin, deja tu contacto.
No recibirás correos de príncipes nigerianos pidiéndote ayuda para recuperar su corona.
(Aunque solo los necios caen en ese tipo de engaños.)

No prometo claridad. Prometo únicamente avisar.
El resto, estimado lector, tendrás que interpretarlo.

A. A. M.